PULSO MICHOACANO

El Poder Judicial de Michoacán: la justicia que no llega a sus propios trabajadores.

Hoy inicia el columnista: Testigo Incómodo para PULSO MICHOACANO.
Por Testigo Incómodo, primera entrega.
El Poder Judicial de Michoacán ha sido, durante años, un escenario de marginación laboral. Detrás de sus muros no solo se dictan sentencias: también se construye una de las peores fuentes de trabajo para quienes lo hacen funcionar día a día.
Largas jornadas, muchas veces innecesarias, se combinan con la escasez de plazas laborales que desde hace más de una década no se han ampliado. Los procesos de escalafón se vuelven eternos, con prácticas que huelen a nepotismo. Los salarios, ridículamente bajos, no resisten comparación con los de otros estados, dejando a profesionistas del derecho en condiciones más precarias que un trabajador promedio del ramo.
En lugar de jueces que inspiren respeto, muchos trabajadores enfrentan a jefes de oficina que confunden autoridad con abuso. Los operadores del sistema de justicia —quienes pasaron años de preparación académica, filtros estrictos y pruebas absurdas de la llamada “escuela judicial”— se topan con la paradoja de ser custodios de la justicia, pero víctimas de la injusticia laboral. Se les exige responsabilidad y compromiso absoluto, pero se les paga con la indiferencia institucional.
Hoy, además, enfrentan la incertidumbre de una transición que amenaza con dejarlos sin liquidación justa, sin el trabajo por el que tanto han luchado. Tras cada expediente olvidado, hay sueños, familias y compromisos que dependen de un sueldo raquítico. Y en ese contexto aparece un viejo conocido del poder: el señor R-Endiz, el expresidente, símbolo del engaño, la simulación, la mezquindad y el egoísmo, quien se escudó en argumentos huecos, pero jamás en la empatía con la institución ni con sus compañeros, dejando hundir el barco no sin antes velar por sus propios intereses.
La gran ironía es evidente: quienes sostienen la justicia en Michoacán son, al mismo tiempo, quienes menos justicia reciben. El Poder Judicial, que debería ser ejemplo de dignidad laboral, se ha convertido en un espejo roto donde se refleja la desigualdad y el desprecio institucional.
Reflexión final.
Un sistema de justicia que desprecia a su propia base laboral está condenado a debilitarse desde adentro. Si no hay dignidad para quienes lo operan, difícilmente habrá justicia verdadera para los ciudadanos. El tiempo de las transiciones políticas no debe ser la excusa para seguir ignorando a quienes ya han sido olvidados demasiadas veces.
La pregunta que queda en el aire es dura, pero necesaria:
¿Puede un poder garantizar justicia social, si ni siquiera la practica en su propia casa?