Por Manuel Maldia
En política, suele decirse que lo más importante de un discurso no siempre está en lo que se dice, sino en lo que se calla. Y el primer informe de la presidenta Claudia Sheinbaum fue, justamente, una pieza cuidadosamente construida sobre los silencios.
No hay que negarlo: el evento fue impecable en forma. Un acto medido, sobrio, sin estridencias ni gritos de júbilo. La presidenta habló con tono sereno, con la convicción de quien ha heredado un proyecto y lo defiende como bandera. Pero en el fondo, el mensaje dejó más sombras que luces.
Sheinbaum dedicó buena parte de su intervención a enumerar logros: cifras de empleo, estabilidad económica, control de la inflación, continuidad en los programas sociales, inversión en ciencia y tecnología. Todo bien empaquetado en la narrativa del “humanismo mexicano”, ese concepto híbrido entre doctrina y consigna que su antecesor acuñó y que hoy sirve como paraguas para todo y para nada.
Pero, ¿qué pasa con los otros temas, los que no caben en los informes ni en los aplausos del auditorio? ¿Qué del país real, ese que no aparece en los boletines de prensa?
La presidenta no habló de los desaparecidos, esa herida abierta que sangra en todos los rincones del territorio. No mencionó la crisis forense ni la cifra que, cada año, se engrosa como una lápida colectiva. Tampoco se refirió al colapso de la justicia, a ese sistema que en los hechos opera más como simulacro que como garantía.
Silencio también sobre las crecientes facultades del Estado a costa de los derechos del ciudadano. Ni una palabra sobre la militarización rampante, ni sobre la creciente dependencia del poder civil respecto de las fuerzas armadas, ahora “administradoras” sin buenos resultados, de puertos, trenes, aeropuertos y hasta aduanas.
Otro hueco notorio fue el de las grandes obras del sexenio anterior: el Tren Maya, el AIFA, Dos Bocas. Mencionadas apenas de paso, como si fueran reliquias incómodas del pasado inmediato. Ninguna autocrítica sobre los sobrecostos, los retrasos, ni la poca funcionalidad de proyectos que, en teoría, debieron ser la herencia de la Cuarta Transformación.
Y claro, ni una sílaba sobre el espionaje, la censura indirecta o el deterioro institucional que en estos años se ha normalizado bajo la excusa de la lealtad política.
Tampoco apareció en escena: los reclamos internacionales por derechos humanos y seguridad. La tragedia humanitaria de los migrantes deportados o viviendo aterrorizados bajo esa amenaza, se diluyó entre las estadísticas triunfalistas.
La gran deuda pública acumulada, que aumentará a 20.3 billones de pesos en 2026, no se mencionó, aún cuando en los 2 primeros años del gobierno de Sheinbaum se incrementará nada menos que 3.5 billones.
El robo y contrabando de combustibles o huachicol, que ahora se transporta por trenes y barcos, sigue siendo combatido con promesas desde hace 7 años.
No es que esperáramos un acto de contrición. Los informes presidenciales no suelen ser confesiones, sino escenificaciones del poder. Pero sí llama la atención la estrategia del autoelogio encapsulado, donde el gobierno se mira en su propio espejo y se convence de que todo va bien, mientras el país observa desde la banqueta de enfrente.
Aun así, hay que reconocerle algo a la presidenta: su discurso no fue improvisado ni populista. Se trató de un mensaje disciplinado, medido, más académico que político. Pero la sobriedad, en este caso, no alcanzó para cubrir el vacío de contenido.
En el México real, más allá del informe, las cifras de homicidios no ceden; la economía crece, sí, pero a ritmo desigual; los jóvenes siguen muriendo reclutados a la fuerza por el crimen organizado; y los pueblos, sobre todo los del sur, siguen esperando que la justicia deje de ser una promesa de campaña.
Sheinbaum prometió continuidad con cambio, pero su primer informe dejó la impresión de que la continuidad pesa más que el cambio. Y en ese equilibrio precario, los temas urgentes —los de carne y hueso, los que duelen— quedaron fuera del guion.
Como decía el viejo maestro Manuel Buendía: “El poder que no se explica, se absuelve a sí mismo.”
Y en este primer informe, el poder habló… pero explicó poco
