PULSO MICHOACANO

“La Soldadera” ardió en llamas y el susto sacudió al corazón de la CDMX

 

Ciudad de México, 24 de octubre de 2025.– ¡Qué noche, carnal! El barrio de la Tabacalera se cimbró feo cuando el restaurante “La Soldadera”, ese lugar bien conocido por su ambiente bravo y sus antojitos revolucionarios, se convirtió en un infierno en cuestión de segundos. Nadie lo veía venir: entre risas, brindis y olor a carne asada, de pronto ¡pum!, un fogonazo rompió la calma y el fuego se fue pa’ arriba como si lo hubieran encendido con pólvora.

Pasaban poquito de las nueve cuando la raza que cenaba ahí empezó a oler a gas. Algunos alcanzaron a decir “¡aguas, que algo huele raro!”, pero ya era tarde: un calentador, dicen, tronó con todo y lanzó una llamarada que agarró la cocina completa. En menos de un pestañeo, las flamas se treparon por las paredes y el humo empezó a salir por las ventanas como si el mismísimo diablo hubiera bajado a echarse unos mezcales.

La gente salió en estampida, tirando sillas, platos y lo que se atravesara. Los meseros gritaban “¡por acá, por acá!”, mientras otros aventaban cubetas con agua que ni al caso. En la calle, los vecinos nomás veían el espectáculo entre el miedo y la curiosidad, algunos grabando con el celular y otros rezando pa’ que no explotara nada más.

Los bomberos llegaron en friega, con las sirenas retumbando entre las calles de la colonia. El calor se sentía hasta media cuadra, el humo picaba los ojos y la raza andaba tosiendo, con la adrenalina al tope. Las mangueras escupían agua como si fuera lluvia de tormenta, y los tragahumo se metieron sin miedo a la cocina envuelta en fuego, mientras los de Protección Civil gritaban que se alejaran, que había tanques de gas a punto de reventar.

Por pura suerte, no hubo muertos ni heridos graves, aunque más de uno salió con los nervios rotos y el susto tatuado en la cara. Una señora, con los ojos llorosos y el delantal chamuscado, decía: “¡Se nos fue todo, joven, todo! Pero al menos estamos vivos”.

Después de casi una hora de pleito con las llamas, lograron domar el fuego. El restaurante quedó hecho un cuadro negro: mesas carbonizadas, paredes tiznadas y el letrero de La Soldadera colgando chueco, como si también estuviera cansado del susto.

Los bomberos y los polis acordonaron la zona, y los curiosos no faltaron —porque en el barrio siempre hay quien se asoma a ver el caos de cerca—. Algunos decían que fue una fuga de gas, otros que un enchufe viejo, pero todos coincidían en algo: “¡Se salvó la gente de puro milagro!”.

El rumor corre rápido entre los puestos y los bares cercanos: que si el local no tenía extintores, que si el gas estaba mal conectado, que si fue pura mala suerte. Pero lo cierto es que “La Soldadera”, el restaurante donde muchos se echaban la chela y la charla, hoy amaneció hecho cenizas.

Y aunque las llamas ya se apagaron, el barrio sigue ardiendo de coraje, susto y chisme. Porque en esta ciudad, donde todo pasa de volada, basta un chispazo para que la fiesta se vuelva tragedia y el humo pinte de gris el cielo capitalino.

Anoche, la Tabacalera no durmió. El fuego se llevó un restaurante, pero dejó una historia más de esas que el barrio no olvida.