En la opinión de Manuel Maldía.
He aquí el dilema que, con la solemnidad de un melodrama de barrio, se nos presenta en la escena nacional.
El ciudadano Uriel “Parches” Rivera, cual personaje salido de un guión de telenovela política, logra lo imposible: burlar el cerco de seguridad presidencial y colocar su incómoda presencia a centímetros de la primera mandataria, abrazándola y colocando sus manos en el pecho.
Un hecho tan inverosímil que solo puede ser explicado por dos vías: una ineptitud de antología o una coreografía de dudoso gusto.
Como lo dijo el maestro Buendía:
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“Cuando la realidad se vuelve insoportable, el poder fabrica una ficción para distraer.”
Cualquier mortal con un ápice de sentido común sabe que acercarse así a un jefe de Estado en cualquier rincón del mundo civilizado—o incluso en los no tan civilizados—es un boleto directo al arresto o, en el mejor de los casos, a una contención enérgica.
Una falla de tal calibre en el dispositivo de seguridad provocaría una purga inmediata, un terremoto en los servicios de protección de los mandatarios.
Aquí, en México, el incidente se narra casi con la levedad de un chascarrillo. Nos quieren hacer creer que el escudo que protege a nuestra presidenta tiene la consistencia de un queso gruyere, permitiendo que cualquier ciudadano con un arrebato se filtre como por arte de magia.
Con semejante nivel de desprotección presidencial, no se necesitaría una conspiración magnicida; bastaría un transeúnte con un mal día y una navaja de afeitar para cambiar el curso de la historia. El extinto Estado Mayor Presidencial debe estar revolviéndose en su tumba prematura.
La pregunta que se eleva, más pestilente que el humo de un caño de drenaje, es la siguiente: ¿realmente esperan que nos traguemos este cuento? ¿O este montaje de “acosador inofensivo” es el magro distractor elegido por el círculo íntimo de Palacio Nacional para desviar la atención del verdadero y sangrante problema?
El asesinato de Carlos Manzo en Uruapan ha puesto al gobierno federal contra las cuerdas. Aquí no hay medias tintas: un hombre que enfrentó a los carteles con las uñas y fue abandonado por el poder central, clamando ayuda que nunca llegó.
Su muerte ha resonado con una fuerza tal que hasta la vocera de la Casa Blanca lo ha mencionado. El mundo observa y condena. La presión es insoportable.
Ante este desastre de relaciones públicas de alcance global, ¿qué mejor que un pobre diablo haciendo el ridículo frente a la presidenta para cambiar la conversación? Es más fácil y menos doloroso que el mundo se ría de la supuesta incompetencia de los guardaespaldas—un ridículo controlado—a que siga escarbando en la herida de un Estado fallido.
Prefieren que hablemos del “Parches” y no de la promesa incumplida de pacificación. Prefieren el circo a la sustancia.
Así las cosas, en este ruedo de la política mexicana, donde la realidad supera a la ficción, nos dejan elegir entre dos píldoras envenenadas: o creemos que la seguridad presidencial es un chiste, o aceptamos que nos toman por tontos.
Ambas opciones, hay que reconocerlo, son profundamente ofensivas.
#ElRidículoComoEstrategia
#CircoParaTaparLaRealidad
#¿AcosoODistracción?
