PULSO MICHOACANO

cinta ‘La ballena’: un madrazo al alma que le regaló a Brendan Fraser el papel de su vida

Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 19 febrero 2026.- Uno va al cine pensando que ya nada lo sorprende. Que ya vio todo: superhéroes, balazos, risas grabadas. Y de pronto cae La ballena y te deja sentado, callado, con el corazón hecho nudo.

Dirigida por Darren Aronofsky, la película pudo haber sido un circo de miserias si se le movía una pieza mal. Pero no. Todo encaja como reloj viejo que aún late. Es una historia que se desarrolla en una semana, dentro de cuatro paredes, y aun así se siente más grande que cualquier megaproducción.

Desde el arranque, crudo y terrenal, hasta el cierre que se va a lo profundo del alma, la cinta no tiene prisa por explicarte nada. Uno llega cuando el barco ya se hundió; lo único que toca es recoger los pedazos y entender cómo fue el naufragio.

Y no, no va de obesidad. Eso que quede claro. La enfermedad es apenas el tapete donde se arma el rompecabezas de una vida rota. Lo que importa es Charlie, un hombre que carga más culpas que kilos, más recuerdos que aire en los pulmones. Un personaje que se deshace frente a nosotros sin pedir lástima, pero provocándola inevitablemente.

Aquí es donde entra Brendan Fraser. El mismo que muchos recordaban por aventuras ligeras regresa convertido en un huracán contenido. Su mirada triste, esa que parece pedir perdón sin decir palabra, sostiene toda la película. Sí, hay prótesis, sí, hay maquillaje. Pero lo que pesa de verdad es lo que transmite. Cada gesto, cada silencio, cada respiración forzada.

Desde la butaca, uno siente que no está viendo actuación, sino confesión. Fraser no interpreta a Charlie: lo habita. Y eso es lo que hace que la cinta funcione. Cuando él no está en pantalla, la historia se desinfla tantito. Cuando aparece, todo vuelve a doler bonito.

La película no es cómoda. Se revuelca en la miseria humana y a ratos puede hartar. Hay momentos grotescos, escenas que incomodan y secundarios que no siempre logran el mismo impacto. Pero aun así, el golpe emocional llega. Y llega fuerte.

Habrá quien diga que romantiza trastornos, quien se quede en el traje, quien no quiera ver más allá de la superficie. Pero el que se atreva a mirar de frente encontrará algo distinto: una historia sobre culpa, redención y ese hilito de esperanza que a veces nos mantiene vivos cuando todo lo demás ya se cayó.

En tiempos donde el cine suele ser puro ruido y efectos, La ballena se atreve a ser silencio, dolor y humanidad. Y eso, nos guste o no, es un viaje extremo que rompe expectativas y nos recuerda que, incluso en la ruina, hay espacio para la compasión.

Uno sale del cine distinto. No mejor, no peor. Solo más consciente de que todos cargamos algo. Y que, aunque no lo creamos, siempre dejamos huella en alguien más.