PULSO MICHOACANO

El Poder Judicial: juez de día, operador político de noche

La segunda entrega del Testigo Incómodo.
Por Testigo Incómodo
En Michoacán, el Poder Judicial presume independencia. Lo repiten en discursos, lo imprimen en folletos brillantes y lo aplauden en informes solemnes. Pero basta rascar un poco para ver la farsa: más que árbitros imparciales, muchos jueces y magistrados se han vuelto operadores políticos disfrazados de impartidores de justicia.
Las sentencias ya no se dictan con base en códigos, sino en conveniencias. Un expediente puede dormir años si incomoda a un político, pero avanzar en tiempo récord si beneficia al aliado correcto. ¿Qué independencia puede haber cuando un fallo depende de la llamada del gobernador en turno, del favor que pide un senador o de la presión de un partido?
En esta “república judicial”, la toga se usa como uniforme de campaña. De día se habla de honor, de noche se negocian expedientes como si fueran fichas en la mesa de la política. Y los jueces que deberían ser guardianes de la ley terminan convertidos en piezas útiles de un ajedrez donde la justicia es el peón que siempre se sacrifica.
El ciudadano común nunca entra en la ecuación. Su caso puede esperar, su denuncia puede archivarse, su derecho puede congelarse. Porque lo urgente no es hacer justicia, sino mantener felices a los poderosos. Y ahí, el Poder Judicial ha encontrado su verdadero oficio: no impartir justicia, sino administrar intereses.
El problema no es nuevo, pero se ha perfeccionado con el tiempo. Hoy, los magistrados no solo dictan sentencias: dictan estrategias, operan para campañas, construyen pactos oscuros y se aseguran de estar del lado correcto cuando cambia el color del gobierno. Su lealtad no es con la ley ni con la sociedad: es con quien les garantice impunidad y privilegios.
Reflexión final.
Un poder que se arrodilla frente a la política deja de ser poder y se convierte en comparsa. El juez que negocia resoluciones no es juez: es un operador más del sistema.
La pregunta que queda es brutal pero inevitable:
¿Cómo esperar justicia en un tribunal que ha hecho de la política su verdadera ley?