PULSO MICHOACANO

El saludo del poder: el pacto de la dictadura y el doblez de Adán Augusto

El pensamiento del Francotirador Judicial
El Primer Informe de la presidenta de México no fue un acto de transparencia ni de rendición de cuentas. Fue un ritual de poder. En ese escenario donde el guion se impuso sobre la verdad, donde los aplausos sustituyeron el debate, el saludo entre la mandataria y sus colaboradores se convirtió en el símbolo más claro de lo que significa gobernar bajo la lógica del control absoluto.
Ahí, en ese instante —entre cámaras, discursos y sonrisas tensas— se selló lo que muchos ya llaman el pacto de la dictadura.
El saludo como juramento de obediencia.
A simple vista, puede parecer un saludo más: la presidenta estrechando manos, saludando, sonriendo ante las cámaras. Pero en la política mexicana nada es casual. Ese gesto fue un mensaje interno: “Aquí mando yo, y los míos obedecen.”
En la segunda fila, los colaboradores guardaban silencio. Miradas contenidas, sonrisas medidas, incomodidad visible. Ninguno podía moverse más de lo que el guion permitía. Y es que el poder no solo se ejerce con decretos; se demuestra con gestos, con la forma en que se hace inclinar a los otros.
La presidenta no saludó: doblegó. Y en ese acto breve, el país vio lo que significa el sometimiento político en la era del control institucional: funcionarios que asienten, partidos que callan, y un pueblo que observa cómo el discurso de “cero impunidad” se convierte en la herramienta perfecta para eliminar disidentes.
El cartel del huachicol: la excusa perfecta.
En días previos al informe, el gobierno presumió una “limpia” dentro de las estructuras federales por presuntos vínculos con el huachicol. Se dijo que nadie estaría por encima de la ley, ni siquiera los cercanos. Pero detrás de esa narrativa de justicia hay algo más oscuro: una purga interna.
La “lucha contra el huachicol” se volvió el filtro de lealtades. Quien no jure obediencia queda fuera, quien cuestione se convierte en sospechoso. El Estado moralista ha encontrado su nueva cruzada, y la presidenta, con rostro firme y discurso afilado, la encabeza como la inquisidora mayor.
Ese saludo, por tanto, no fue solo una cortesía institucional: fue la consagración pública de los leales, el gesto ritual del nuevo autoritarismo mexicano.
Adán Augusto: el doblegado del régimen.
En esa misma puesta en escena, hubo un hombre que reflejó con claridad el costo del poder: Adán Augusto López Hernández.
De aspirante presidencial a figura en declive, su imagen durante el informe fue la de quien sabe que ha sido reducido, que su tiempo de influencia ha pasado y que su nombre ahora se pronuncia con precaución.
De corcholata a subordinado.
Hace apenas dos años, Adán Augusto representaba la continuidad política del obradorismo; hoy es el ejemplo más visible de lo que ocurre cuando el poder se cobra fidelidad sin límites.
Los escándalos lo acorralan: funcionarios bajo su gestión en Tabasco involucrados en redes de seguridad corruptas, acusaciones financieras que lo persiguen, y el golpe final: la advertencia directa de la presidenta —“no encubriré a nadie”— pronunciada justo cuando las investigaciones por robo de combustible y enriquecimiento ilícito comenzaron a tocar nombres de su círculo cercano.
Ese fue el mensaje: ya no es aliado, es ejemplo. Ya no es figura política, es advertencia para los demás.
El saludo que recibió no fue de camaradería, fue un acto de humillación pública: la sonrisa diplomática de quien perdona solo porque conviene.
El silencio que delata.
En el informe, Adán Augusto sonrió, asintió y aplaudió. Pero su mirada decía otra cosa: el rostro de quien ha sido disciplinado. En política, el silencio prolongado suele ser la confesión más clara.
Ha aprendido que el poder presidencial no se comparte, se obedece. Y ese día lo comprendió en carne propia: las lealtades no se agradecen, se exigen. Su presencia, antes símbolo de equilibrio interno, hoy se usa como trofeo del control total.
El saludo con el presidente ministro: la muerte de la división de poderes.
Pero el momento más grave no fue el saludo a los subordinados, sino aquel que selló la escena: la mano extendida entre la presidenta de la República y el presidente ministro del Poder Judicial.
Ese apretón, celebrado por cámaras y aplaudido por cortesanos, no simbolizó unidad institucional: fue la confirmación de que la división de poderes ha muerto.
El Poder Judicial, antaño contrapeso, se arrodilló ante el Ejecutivo. Y con ello, la democracia dejó de ser promesa para convertirse en simulacro.
Esa imagen pasará a la historia: el Ejecutivo abrazando al Judicial como prueba de “coordinación”, mientras el país entiende que lo que presenció fue la consumación del dominio total.
Ya no hay independencia, ya no hay equilibrio, ya no hay freno ni contrapeso.
Lo que antes se temía como advertencia, hoy es un hecho: la dictadura mexicana del siglo XXI se consolidó con un saludo.
El país entre el saludo y la rodilla.
México ha visto muchos pactos de poder, pero pocos tan simbólicos como el de este primer informe. No fue una rendición de cuentas; fue la escenificación del dominio.
El saludo de la presidenta, el aplauso mecánico de sus colaboradores, la sonrisa forzada de Adán Augusto y la complacencia del presidente ministro formaron una coreografía cuidadosamente diseñada para mostrar un solo mensaje: el poder no se comparte, se impone.
Y mientras en los discursos se habla de democracia, transparencia y justicia, en los gestos se consolida una nueva forma de autoritarismo: una dictadura elegante, revestida de popularidad, sostenida por el miedo y por la obediencia.
El saludo fue la firma.
El sometimiento, el mensaje.
Y la muerte de la división de poderes, el acta de nacimiento de la nueva dictadura.