Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich., 6 diciembre 2025..- La mañana de este sábado se puso bien tensa en Coahuayana. Un coche bomba explotó justo frente a las instalaciones de la policía comunitaria, dejando al menos tres personas fallecidas y seis heridas, entre ellas menores de edad. Todo pasó en plena zona centro, sobre la avenida Rayón, cuando una camioneta cargada de plátanos pasaba frente a la comandancia… y de pronto, ¡pum!, la explosión cimbró todo el pueblo.
De acuerdo con el comandante Héctor Zepeda —mejor conocido como Teto, líder de las autodefensas— el chofer de la camioneta terminó siendo una de las víctimas mortales. Las otras dos personas fallecieron en el hospital regional, que también sufrió daños por la onda expansiva. Igual que casas, negocios, carros y todo lo que estaba al paso del estruendo. La raza salió asustada, sin saber si correr, resguardarse o nomás rezar.
Todo esto pasa justo cuando el Gobierno Federal presume un proceso de “pacificación” en Michoacán, después del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. Pero en Coahuayana la realidad fue otra: miedo, destrucción y una comunidad que se siente sola, otra vez.
La investigación quedó en manos de la Fiscalía de Michoacán, con apoyo de la Sedena, Marina, Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad. El nuevo secretario estatal, José Antonio Cruz, dijo que ya hay un operativo conjunto en la zona, pero la banda allá sigue dudando si esta vez sí habrá resultados o será otra vuelta al mismo cuento.
Y es que Coahuayana es tierra peleada desde hace años. Primero fueron los Templarios, ahora es el CJNG el que quiere controlar todo: la producción de plátano —que son más de 7 mil hectáreas—, la ruta hacia la mina de Aquila y los laboratorios de la sierra. Aunque hay bases militares cerca, la gente lleva rato diciendo que la presencia nomás no alcanza… o no sirve de mucho.
Hace un año, el comandante Teto ya lo había dicho:
“Estoy cansado, pero más decepcionado con el Gobierno. ¡El Gobierno nos sigue mirando con desconfianza! No estamos en contra de ellos, estamos en contra de que apoyen a los otros”.
Hoy, después del estallido, esas palabras retumban todavía más fuerte.
La comunidad espera respuestas, justicia y, sobre todo, garantías de que no volverán a vivir un ataque así. Pero mientras llega todo eso —si llega—, Coahuayana sigue con el corazón encogido.
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