Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 5 diciembre 2025.- Pues acá en Morelia se puso bien formal —pero con corazón— la ceremonia donde la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le entregó el Doctorado Honoris Causa al ingeniero Enrique Ramírez Villalón. Y la neta, banda, no fue de esos reconocimientos que luego se avientan nomás por compromiso. Aquí sí hubo historia, méritos y trayectoria para aventar pa’ arriba. El Consejo Universitario, con toda la solemnidad que se carga, destacó que este michoacano le ha metido vida, lana y visión a la cultura y al cine, haciendo que lo que empezó como un negocio familiar terminara siendo un monstruo internacional que da chamba a miles de compatriotas. No cualquiera.
Durante el evento, la rectora se aventó un discurso bien cargado de verdad: dijo que la educación y el empleo son la base pa’ construir paz, algo que suena bonito, pero que en este caso sí tiene sentido, porque el ingeniero ha sido de los que le entran al ruedo cuando las cosas se ponen difíciles en el estado. Y es que, mientras otros se pelaban cuando la cosa se ponía fea, este señor se quedó, invirtió y siguió empujando su empresa hasta colocarla como un referente mundial. Ahora sí que, como dicen en el barrio, “cuando muchos le sacaban, él le entró sin miedo”.
Pero lo más chido fue ver al ingeniero Ramírez Visiblemente emocionado al recordar que hace más de 60 años él también se sentaba en las aulas nicolaitas, soñando con un futuro que —sin querer— terminó llevando el nombre de Michoacán hasta otros países. Contó anécdotas, habló de su familia, agradeció a sus profes y recordó a su padre, de quien dijo aprendió a no rajarse y a rodearse de gente talentosa. Todo en un tono que se sentía sincero, casi familiar, como esos momentos donde uno mira pa’ atrás y dice “¿a poco todo esto salió de mí?”.
La banda que asistió —familia, amigos, académicos y hasta curiosos que se enteraron del chisme— escuchó cómo la empresa que él hizo grande hoy tiene miles de colaboradores y presencia internacional. Y aunque ese dato ya se conoce, escucharlo ahí, en medio de la máxima casa de estudios del estado, hizo que varios levantaran la ceja y pensaran: “ah caray, sí es cierto que un michoacano puede romperla sin tener que dejar sus raíces atrás”.
Al final, el ambiente quedó con ese orgullo que se siente cuando uno ve que alguien de la tierra la hizo en grande sin olvidarse del barrio, de la ciudad, ni del estado. El ingeniero dijo que este reconocimiento es como cerrar un ciclo, pero también como abrir otro, porque todavía falta mucho que construir, tanto en lo empresarial como en lo social. Y la neta, para un estado que a veces nomás sale en las noticias por lo malo, estos momentos se sienten como un respiro, como un recordatorio de que también tenemos raza que aporta, que invierte, que inspira y que no se raja.
Así que sí, Michoacán se cargó una vibra chida con este Honoris Causa: no solo por el mérito, sino por el mensaje de que el futuro todavía puede escribirse con historias que valen la pena.
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