Por M. Ángel Villa Juárez, con información de Alfonso Compean, corresponsal.
Morelia, Mich. 29 octubre 2025.- En este país donde la paz parece promesa electorera y la violencia nota diaria, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) decidió no quedarse callada. Desde el corazón de la Tarahumara se escuchan lamentos, y no son metáforas: en Guachochi, Chihuahua, la violencia hizo de las suyas otra vez, cobrando vidas inocentes y dejando más miedo del que ya se había acumulado.
Los obispos, solidarios con la diócesis local y su gente, alzaron la voz para exigir lo que debería darse sin ruegos: seguridad y justicia. Que la impunidad —esa vieja conocida que se sienta a sus anchas en cada rincón del país— deje de mandar sobre las comunidades que solo quieren vivir sin sobresaltos.
“Nada puede justificar la violencia ni el miedo impuesto”, dijeron los pastores católicos, recordando que la vida no es negociable, y la dignidad humana tampoco debería serlo. Y si la Iglesia está hablando fuerte, es porque el pueblo ya habló demasiado… y no le han hecho caso.
Mientras tanto, en Guachochi las familias siguen contando ausencias, tratando de ponerle nombre y sentido a su dolor. Entre rezos y lágrimas, mantienen viva la esperanza de que alguien allá arriba (en el gobierno, se entiende) rompa el ciclo del silencio.
Los obispos pidieron que Cristo, Rey de la Paz, y Santa María de Guadalupe —esa madre que siempre termina haciendo el trabajo que otros no quieren— acompañen a un pueblo herido que, aun golpeado, no pierde su fe.
Porque, aunque suene a sermón, aquí va una verdad bien terrenal: cuando la justicia no aparece, la violencia se siente en misa de diario.
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