En la opinión de Manuel Maldía
Y así, entre brindis y discursos, el Nobel de la Paz se ha convertido en la pachanga perfecta, donde los intereses se visten de ideales y donde la ironía es la verdadera ganadora.
Parece que el Premio Nobel de la Paz ya no es lo que era. Aquello que alguna vez olía a solemnidad, discursos emocionados y gestos dignos de portada, hoy huele más a coctel de embajada con canapés rancios y aplausos pregrabados.
Este 2025, el respetable galardón no premió la paz —esa cosa cada vez más escurridiza—, sino que terminó convertido en un sketch de esos donde se reparten medallas, como si fueran boletos para un circo.
Entre los “ilustres” nominados estaba nada menos que Donald Trump, presidente de Estados Unidos . El magnate, con su peinado de huracán y su ego de proporciones bíblicas, soñaba con llevarse el Nobel para coronar su “grandiosa” —y nótese las comillas— labor en dos campos minados: la guerra en Gaza y la guerra en Ucrania. Sí, el hombre que hizo de los discursos incendiarios su especialidad, ahora se imaginaba de embajador de la paz mundial.
Pero, oh sorpresa… la medalla no fue para él. No. La galardonada fue María Corina Machado, la política opositora venezolana que lleva años jugando a la diplomacia de alfombra roja con Washington. Y no es que la señora no tenga méritos, pero su elección levantó más cejas que una cirugía estética en rebaja.
Resulta que esta dama, paladín de la libertad para algunos y peón de los norteamericanos para otros, ha sido señalada una y otra vez por su alineación casi coreográfica con la política exterior estadounidense. Que si las sanciones y amenazas militares, que si los encuentros “casuales” con funcionarios del norte. La misma que, según rumores que corren más rápido que un telegrama de la CIA, ha recibido millonarias contribuciones de ciertos “amigos” del norte
Buendía decía:
“En política internacional no hay premios inocentes. Hay intereses con moño.”
La historia del Nobel ha tenido personajes trascendentes para sus países o el mundo. En 1964, Martin Luther King lo recibió como símbolo de la lucha no violenta por los derechos civiles en EU. En 1979, la Madre Teresa de Calcuta lo alzó como emblema de toda una vida al servicio a los más pobres de la India. En 1993, Nelson Mandela recibió el premio por su contribución (incluidos 30 años en la cárcel) para acabar con el apartheid, esa semi-esclavitud en Sudáfrica.
La entrega del Nobel a Machado parece más una jugada estratégica en la ofensiva de Estados UNidos contra el presidente Maduro, que un acto de justicia moral. Es el “premio de la paz” en un mundo donde la paz se negocia como contrato de explotación petrolera.
Mientras tanto, en los rincones del planeta donde la guerra es real y no un guion diplomático —léase Palestina, Ucrania, Sudán y otros tantos puntos olvidados—, nadie recibió una medalla, ni discursos, ni flores. Ahí la paz no llega en sobre lacrado ni en ceremonia de gala; llega envuelta en silencio, mortajas y sangre seca.
Como escribió Buendía:
“La ironía más grande es que los poderosos hablen de paz… cuando son ellos quienes fabrican las guerras.”
¿Estará Machado incluida en el guion de una guerra en Latinoamérica?
