PULSO MICHOACANO

MALDIA: El Nobel de la Paz es una pachanga y su medalla una baratija empeñada por Machado

En la opinión de Manuel Maldía

Ya lo habíamos dicho en esta columna, y no por profetas sino por lectores obsesionados de la historia: el Premio Nobel de la Paz se convirtió en una pachanga con protocolo. Y la terca realidad no solo nos dio la razón, sino que superó el esperpento.

María Corina Machado, en un acto de servilismo digno de camarero de lujo, no solo se arrastró: le entregó a Donald Trump —¡nada menos!— “su” medalla del Nobel, como si el galardón fuera una propina o un recuerdo turístico de Oslo. De ese que venden junto a los imanes de refrigerador.

Hoy, la función estelar corre a cargo de María Corina Machado, quien decidió convertir su medalla del Nobel de la Paz, en ficha de trueque en el casino político internacional. Y qué mejor crupier (encargado de repartir las cartas en un casino) que Donald Trump, ese apóstol de la modestia, ese monje franciscano del ego, siempre dispuesto a recibir ofrendas para alimentar su santuario personal de vanidades.

El Instituto Nobel, todavía aferrado a la ilusión de que los símbolos pesan más que las selfies, aclaró con solemnidad nórdica que “la identidad del premiado no se transfiere”. ¡Qué ternura! Como si a doña María Corina le importara la identidad cuando lo que negocia es visibilidad, un guiño, un “qué gran mujer” lanzado desde el balcón dorado de Mar-a-Lago.

La medalla del Nobel no es memoria: es mercancía.

Los políticos noruegos, con el pudor de quien aún cree en el valor moral de los premios, se escandalizaron: “¡Absurdo! exclamaron. Pobres, todavía no entienden que en la política contemporánea el absurdo es la norma y la presunción, el reglamento.

Trump, por su parte, aceptó el obsequio con la naturalidad de un emperador romano recibiendo tributo de una provincia tropical: “Un gesto muy bonito” dijo. Para él, la escena es perfecta: otro objeto dorado para su museo de méritos ajenos y otra fotografía para su álbum de conquistas simbólicas. Y como remate, promete: “volveremos a hablar”. Tremenda concesión imperial. Corina Machado ya puede soñar con la banda presidencial: ha sido oficialmente recordada.

Pero no nos confundamos: esto no es diplomacia, es subasta. La medalla ya no representa la paz, sino el precio de la complicidad. Se cambia un símbolo universal por un lugarcito en el radar de un hombre que mide el mundo en aplausos, y la historia en titulares.

Mientras Noruega llora las formas, Trump archiva el trofeo y la oposición venezolana ofrece, sin quererlo, una de las postales más honestas de su tragedia: la incapacidad de caminar erguida sin pedir permiso.

El Nobel no se entregó por convicción, sino por conveniencia. No fue homenaje: fue inversión político-emocional.

Aquí no hubo idealismo, hubo empeño. No hubo estrategia, hubo arrodillamiento. Y no hubo lucha por la libertad, sino una operación de mercadotecnia y servilismo.

 La medalla que debería brillar por su significado brilla ahora por su precio en el mercado de las lealtades oportunistas.

Lo grave, señores, no es que Trump acepte un Nobel que no ganó —él aceptaría un Oscar si se lo ofrecieran—, sino que una figura política opositora crea que la causa de la libertad se fortalece arrodillándose ante el “emperador” más inestable en la historia de Estados Unidos.

Así las cosas, la política internacional se reduce a un trueque de baratijas: medallas por sonrisas, principios por selfies, dignidad por un lugar en el tuit del día. Y mientras tanto, Noruega llora, Trump sonríe y Corina sueña.