En la opinión de Manuel Maldía
Señoras y señores, bienvenidos al espectáculo de la solidaridad oficial.
Mientras ríos desbordados se llevaban puentes, esperanzas y hasta el sueño de un país que se cree moderno, nuestra Presidenta emprendió su gira por los estados anegados.
No era un paseo turístico, claro está, sino un recorrido para constatar los estragos de la naturaleza… y de la burocracia.
En Poza Rica, Veracruz, el escenario era digno de una tragedia griega, pero con un toque de sainete nacional. Los afectados, esos ciudadanos anónimos que pierden todo menos la dignidad, recibieron a la mandataria no con aplausos, sino con reclamos. ¿Falta de sensibilidad? ¿Retraso en la ayuda?
Las preguntas flotaban en el aire, más pesadas que el agua que inundaba sus calles. El Plan DN-III, ese salvavidas que pinta tan bien en los discursos, llegó con la puntualidad de un tren en día de huelga. Mientras la gente veía cómo sus pertenencias se convertían en recuerdos flotantes, la ayuda oficial parecía haberse quedado atrapada en el tráfico de la ineptitud.
Pero el drama no termina ahí. En este México donde las redes sociales son el termómetro del descontento, surgieron denuncias que pintan un cuadro aún más grotesco: a algunos ciudadanos, incluido el famoso Yulay —un youtuber con más audacia que permiso oficial—, se les impidió llevar ayuda personalmente a los damnificados. Sí, ha leído bien.
En un acto que combina la absurdidad con el autoritarismo, se detuvo a quienes, movidos por la compasión, quisieron tender una mano. ¿El motivo? Quién sabe. Quizá la solidaridad no autorizada es un delito en el nuevo régimen.
Y así, entre reclamos airados y retenes que frenan la solidaridad, la gira presidencial se convirtió en un viaje simbólico: el de un gobierno que quiere controlar hasta la desgracia.
Mientras Yulay era detenido por intentar repartir víveres, los afectados de Poza Rica seguían esperando que el ejército y Protección Civil dejaran de ser fantasmas en un manual de logística.
Al final, el mensaje es claro: en el México de hoy, hasta la ayuda humanitaria tiene dueño. Y si no viene con sello oficial, mejor que se quede en casa. ¿Solidaridad? Quédate con la tuya, parece ser la consigna.
La naturaleza fue implacable, pero la torpeza institucional le ha dado una lección.
