Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 06 mayo 2026.- Con escuelas parchadas, baños descompuestos y salones que en temporada de lluvias parecen alberca comunitaria, el anuncio cayó fuerte: más de mil 730 millones de pesos serán destinados para mejorar planteles educativos en Michoacán mediante el programa La Escuela es Nuestra.
Según informó Roberto Pantoja Arzola, el recurso beneficiará a 5 mil 686 escuelas de nivel básico y medio superior en todo el estado. De ese total, 5 mil 407 corresponden a educación básica y 279 a preparatorias.
La promesa oficial es clara: mejorar infraestructura y garantizar el derecho a la educación. Y la neta, falta sí hace. Porque en muchos rincones de Michoacán todavía hay escuelas donde los chamacos toman clases entre paredes descarapeladas, techos dañados y mobiliario que ya debería estar en museo.
El programa, creado en tiempos del expresidente Andrés Manuel López Obrador y ahora continuado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, mantiene el esquema de entrega directa del dinero a las comunidades escolares, sin intermediarios. O al menos esa es la idea: que el recurso llegue sin coyotes ni manos mágicas desapareciendo lana en el trayecto.
Entre enero y marzo, servidores de la nación realizaron asambleas para integrar comités escolares y de contraloría social con madres y padres de familia. En teoría, ellos decidirán en qué se gasta el dinero: aulas, baños, techumbres, electricidad o agua potable, dependiendo de las broncas de cada plantel.
Otro detalle que presumieron es que las tesoreras de los comités deben ser mujeres, quienes recibirán las tarjetas del Banco del Bienestar para manejar los recursos. Según explicó Octaviano Ríos Bueno, entre mayo y junio comenzarán los depósitos.
Pero en la calle la raza ya aprendió a desconfiar de los anuncios grandotes. Porque una cosa es soltar cifras millonarias en conferencia y otra muy distinta que el dinero realmente alcance para transformar las escuelas. Muchos padres recuerdan programas pasados donde apenas alcanzó para pintura y unas cuantas reparaciones, mientras las necesidades de fondo siguieron intactas.
Aun así, para miles de comunidades esto representa una bocanada de esperanza. Hay escuelas donde cualquier mejora cuenta, desde arreglar un baño hasta cambiar un techo que amenaza con venirse abajo en plena clase.
El reto no será solamente repartir el dinero. La verdadera prueba estará en vigilar que se use bien, que no haya mano larga y que las mejoras sí se noten donde más urge. Porque en Michoacán, la educación lleva años sobreviviendo entre promesas, carencias y discursos bonitos. Y los estudiantes ya están cansados de estudiar entre grietas y goteras mientras desde arriba les dicen que “todo va avanzando”.
