Manuel Maldía, Columna de opinión “El que se chupa el dedo”
Gerardo Fernández Noroña, presidente del Senado mexicano, protagonizó una escena que oscila entre lo tragicómico y lo sintomático de nuestra diplomacia actual. Su discurso en la Conferencia Europea de Presidentes de Parlamentos, celebrada en Estrasburgo, resonó más por la ausencia de oyentes que por el contenido de sus palabras. Las imágenes del auditorio semivacío no solo evidencian una falta de interés internacional que percibe una desconexión entre las palabras y las acciones del Estado mexicano. En Europa se conoce que en México continúa las crisis de violencia, narcotráfico, desapariciones y corrupción, evidenciado en días recientes por el caso del rancho Izaguirre en Teuchitlan, Jalisco.
Noroña, desplegando su retórica ante un auditorio tan vacío como las promesas que suelen acompañar a ciertas “reformas históricas”, defendió ante Europa la reforma judicial mexicana como un “cambio democrático radical”. ¿Jueces electos por voto popular? Suena bien en el papel, como suelen sonar los discursos que se escriben para ser aplaudidos, no para ser implementados. Pero la historia mexicana —esa que a veces olvidan los neoprofetas de la cuarta transformación— ya vivió el experimento de judicializar la política y politizar la justicia. Basta recordar los tiempos en que los jueces eran títeres del partido en turno, el PRI. ¿Acaso la elección popular, sin contrapesos claros, no abrirá la puerta al clientelismo, al amiguismo, o peor aún, al narco-influjo en las cortes? Noroña, hábil en el arte de la confrontación, acusa al Poder Judicial de ser “un bastión conservador”, pero omite mencionar que la verdadera justicia no se construye con consignas, sino con independencia.
En su gira europea, el senador también arremetió contra Estados Unidos: criticó los aranceles al acero y la hipocresía migratoria de un país que, según él, persigue a migrantes pero no al narcotráfico. Aquí, Noroña acierta en el diagnóstico, pero su credibilidad se desvanece como el humo. ¿Cómo denunciar la doble moral estadounidense cuando su propio gobierno mantiene una relación ambivalente con el crimen organizado, actor clave en la violencia que hoy expulsa a miles de mexicanos? ¿Y qué decir de los acuerdos opacos con Washington en materia de seguridad? La crítica, cuando carece de autocrítica, se convierte en teatro.
El detalle más revelador, sin embargo, no fue el discurso, sino el escenario: un salón semivacío en Estrasburgo. Las fotos de Noroña hablando ante sillas desocupadas —como si fuera un profesor dando clases a fantasmas— son una metáfora perfecta de la diplomacia amloniana: mucha demagogia y fanfarria, pero poca sustancia.
Mientras el senador Noroña, que soñó con ser presidente de la república, celebraba su cumpleaños 65 entre selfies y menciones, México sigue sin resolver su crisis de violencia, su debilidad institucional y su fractura social.
Noroña, en su afán de exportar el relato de las “reformas transformadoras”, olvida que, en casa, los ciudadanos exigen menos discursos y más hechos. El verdadero progreso histórico se construye con justicia rápida para las víctimas, con economía estable para las familias, y con una democracia que no requiera de espectáculos para validarse.
México merece más que un mimo declamando en un teatro vacío.