Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 27 enero 2026.- La cosa está así, sin maquillaje ni discurso dominguero: Pemex anda arrastrando la cobija. De acuerdo con Bloomberg Línea, la petrolera de todos los mexicanos cerró 2025 con una producción promedio de apenas 1.63 millones de barriles diarios, el nivel más bajo desde 1980, cuando todavía sonaban los discos de acetato y el petróleo se presumía como orgullo nacional.
El bajón no es menor: 7 por ciento menos que el año anterior, unos 124 mil barriles diarios que se esfumaron, como billete en la cantina. Los campos estrella ya no brillan igual. Ku-Maloob-Zaap, el mero mero de la Sonda de Campeche, va de salida, y Quesqui, aquel yacimiento tabasqueño que se vendió como salvación desde 2019, ya no alcanza para tapar el hoyo.
Y eso que el Gobierno federal, ahora bajo el mando de Claudia Sheinbaum, le ha metido mano con todo: 50 mil millones de dólares en rescates, recompras de bonos, inyecciones de lana pública y hasta coqueteos con privados. Pero ni así. Pemex logró medio estabilizarse en 2023, después de dos décadas de pura caída, y ahora vuelve a tropezar con la misma piedra.
Los proyectos se retrasan, como Zama, donde Pemex es operador mayoritario, y los nuevos descubrimientos salen chicos, flacos, incapaces de levantar el muerto. Mientras tanto, la empresa carga una losa que asusta: más de 100 mil millones de dólares de deuda y otros 28 mil millones que debe a proveedores, muchos de ellos ahorcados y esperando pago.
Sheinbaum ya puso la vara más bajita: tope de 1.8 millones de barriles diarios durante su sexenio, lejos de aquellos 2.5 millones que prometió y no cumplió López Obrador para 2024. Traducido al lenguaje de la calle: Pemex ya no corre, apenas camina y va sudando frío.
Así, la petrolera que fue símbolo de soberanía hoy sobrevive entre parches, deudas y discursos. Y el ciudadano de a pie se pregunta, con el ceño fruncido: ¿hasta cuándo va a aguantar este gigante con pies de barro?
