Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 28 febrero 2026.- Aquí entre el ruido de la combi, el café cargado y las noticias que no dan tregua, muchos sentimos lo mismo que dijo Luisito Comunica: miedo. Un miedo que no pide permiso y que se mete hasta la cocina cuando ves arder ciudades en la pantalla del celular.
Y por eso, aunque a algunos les incomode, lo que hizo el influencer no fue otra cosa que decir en voz alta lo que millones mascullan en silencio. No habló como experto en seguridad ni como analista político; habló como ciudadano. Como alguien que, al abrir Instagram y ver vehículos quemados y balaceras, sintió un golpe en el estómago.
En un país donde la violencia ha marcado generaciones, expresar preocupación no debería ser motivo de regaño público ni de descalificación. Porque la libertad de expresión no viene con cláusula que diga “solo válida para politólogos” o “exclusiva para funcionarios”. Es pareja, para el que tiene millones de seguidores y para el que apenas tiene datos en el celular.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo señaló que ahora hay influencers que hablan de política y que parte de lo que dicen es mentira. Puede ser que existan exageraciones en redes, claro que sí. Pero reducir todo a eso es no entender que detrás de esos videos hay una emoción real: angustia.
Cuando Luisito dijo que parecía “territorio de guerra”, no estaba presentando un informe técnico; estaba retratando la percepción de muchos mexicanos que ven cómo la violencia estalla tras operativos de alto perfil. Y esa percepción también importa. Porque la política no solo se mide en estadísticas, también en cómo se siente vivir aquí.
Defender a Luisito no es convertirlo en vocero oficial de nadie. Es defender el derecho a que cualquier persona, famosa o no, pueda cuestionar, lamentar o exigir sin que le digan que mejor se quede callada porque “no es su tema”.
Desde la esquina del barrio, lo que uno piensa es simple: si el país duele, se dice. Si hay miedo, se expresa. Y si un influencer con millones de seguidores usa su voz para compartir lo que siente, eso no lo vuelve enemigo de nadie; lo vuelve parte de una conversación que ya no cabe debajo de la alfombra.
Porque México no necesita menos voces. Necesita más oídos dispuestos a escuchar.
