PULSO MICHOACANO

Sheinbaum: Entre el abucheo fino y el aplauso a gritos

En la opinión de Manuel Maldía.


La presidenta Claudia Sheinbaum vivió en un solo fin de semana algo así como el síndrome del país partido: vitoreada como ídolo en el Zócalo, y abucheada con la finura del lector habitual en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

La rechifla ilustrada de Guadalajara

En la FIL, ese santuario donde asiste gente rara que leer mas de tres libros al año, bastó que Alicia Bárcena, Secretaria de Medio Ambiente Federal, mencionara el nombre de Sheinbaum para que el público explotara:
un abucheo compacto, fino, académico… pero abucheo al fin.
Ni la presencia de Richard Gere —que venía a cumplir su papel de celebridad— alcanzó para calmar lo inevitable: Guadalajara dejó claro que no todos están dispuestos a aplaudirle a la presidenta.

La FIL, históricamente hostil al oficialismo cuando éste huele a hegemonía, confirmó su tradición. No olvidemos que ahí mismo Peña Nieto se metió en problemas con la diferencia entre “libros leídos” y “libros hojeados”, que a Fox le llovieron críticas y que Calderón fue recibido con frialdad quirúrgica.
La FIL, pues, no perdona.
Menos aún a gobiernos que presumen una popularidad que en ciertos sectores huele más a cooptación que a genuino entusiasmo.

El Zócalo: donde el aplauso es obligatorio… o por lo menos esperado

Y mientras en la capital del tequila se escuchaba un “¡buuu!” cargado de sofisticación, en el Zócalo se vivía la fiesta de masas, ese ritual tan viejo como el priismo clásico, donde todo México parece amar al gobernante en turno… siempre que llegue en camiones desde los estados y que haya suficientes tortas para todos.

Medio millón, dicen.
Quizá sí, quizá no.
Como decía Buendía:
“Las cifras son como los políticos: dicen lo que uno quiere que digan.”

Lo indiscutible es que Sheinbaum necesitaba el músculo.
Y lo mostró.
Con la ayuda —naturalmente— de gobernadores, operadores, dirigentes, súperdelegados y toda la filarmónica del oficialismo. El Zócalo, desde hace décadas, es el escenario donde los gobiernos confirman que la liturgia del acarreo sigue viva, que la nostalgia del viejo régimen jamás muere y que la política mexicana es una obra de teatro donde el público es medio voluntario y medio obligado.

El contexto: cuando el país está hirviendo

Todo esto ocurre después de las protestas nacionales contra la inseguridad, donde miles de ciudadanos salieron a las calles a gritar lo que el gobierno no quiere escuchar:
que el crimen organizado no sólo avanza… sino que gobierna regiones completas.

¿Y cuál fue la respuesta política del régimen?
Muy simple:
Los ciudadanos marchan, pero nosotros llenamos el Zócalo.
Una competencia de multitudes que insulta la inteligencia y evade lo urgente.

En medio de este desmadrito aparece, por supuesto, Andrés Manuel López Obrador, el expresidente, que decidió que su retiro duró demasiado y anunció una gira nacional para presentar su libro “Grandeza”.
Qué casualidad.
Qué conveniente.
Qué puntualidad para aparecer justo cuando la presidenta enfrenta sus primeros signos de desgaste.

Y no olvidemos —porque la memoria es la primera víctima del poder— que México ya vivió escenas parecidas:

  • Echeverría, abucheado en Chile y aclamado por sindicatos en el DF.

  • De la Madrid, silbado en universidades, ovacionado por estructuras priistas.

  • Salinas, repudiado en calles, endiosado en eventos oficiales.

  • Peña Nieto, meme nacional, pero rey del acarreo.

Sheinbaum no es la excepción:
es la continuación de una larga tradición de presidentes que viven en dos países al mismo tiempo.

¿Qué significa realmente este fin de semana?

Significa que la polarización ya no es un fenómeno: es un modo de vida.
Un país donde medio México trata de sostener el mito del liderazgo, mientras la otra mitad ya cuenta los días para exigir cuentas.
Un país donde la popularidad se construye a gritos y se destruye con un solo abucheo.
Un país donde el expresidente sigue siendo un sol que orbita sobre el poder actual.

Como decía Buendía, afilado como un puñal:
“El poder no se comparte: se tolera.”

Y hoy, la presidenta tolera a su benefactor…
y tolera a sus críticos ilustrados…
y tolera a la prensa que cada vez pregunta más cosas incomodas…
pero difícilmente tolerará que el péndulo empiece a inclinarse hacia el lado equivocado.

Entre el libro, la FIL y el Zócalo

El episodio doble —abucheo y vitoreo— no es anécdota.
Es señal.
Es síntoma.
Es advertencia.

Porque un país donde la presidenta necesita demostrar fuerza en plaza pública y el expresidente se niega a hacerse a un lado, es un país que ya empezó a mostrar fisuras.
Y cuando México muestra fisuras, la política se vuelve más interesante… pero también más peligrosa.

Vienen tiempos duros.
Vendrán más rechiflas y más plazas llenas.
Vendrá más teatro y menos soluciones.

Porque al final, como dejó dicho Buendía, con precisión de epitafio:
“Aquí, la verdad siempre llega tarde… pero llega.”

Y cuando llegue, veremos si aquella ovación del Zócalo o aquel abucheo de Guadalajara tenían la razón.