Por M. Angel Villa Juárez
Morelia, Mich. 24 septiembre 2026. — Otra vez el ciudadano de a pie podría terminar pagando los platos rotos de una bronca que se cocina lejos de México. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, respalda una propuesta para restringir las exportaciones de diésel de su país durante 90 días, una medida que todavía está en discusión, pero que ya encendió las alarmas en América Latina.
Y el asunto no es menor. El diésel no solamente mueve camiones y tráileres: también es combustible para maquinaria agrícola, construcción, minería, transporte de mercancías y generación eléctrica. Si se reduce la oferta internacional, los países que dependen de las compras estadounidenses tendrían que salir a buscar combustible en otros mercados, posiblemente pagando más por el producto y por el transporte. Reuters reporta que el mercado mundial ya enfrenta una escasez de diésel, con inventarios presionados y precios en niveles récord.
México, entre los más expuestos
Para México, el problema pega donde más duele: en la cadena de abasto. Datos de la Agencia de Información Energética de Estados Unidos citados por El País señalan que México importó alrededor de 288 mil barriles diarios de diésel estadounidense en junio de 2026, 10% más que en el mismo mes de 2025. Las compras provenientes de Estados Unidos cubren más de 40% de la demanda mexicana de este combustible.
Traducido al lenguaje de la calle: si Estados Unidos le cierra la llave al combustible, México tendría que buscar parte de ese suministro en otros mercados. Y eso no se hace de la noche a la mañana. Cambiar de proveedor implica mayores distancias, más logística y potencialmente mayores costos, factores que pueden terminar reflejándose en el transporte y en los precios de otros productos.
Porque el diésel no se queda encerrado en la gasolinera. Si sube para el transportista, tarde o temprano puede aumentar el costo de mover alimentos, mercancías y materiales. El golpe puede brincar del tanque del tráiler al precio del producto que compra cualquier familia en el mercado.
Brasil también está haciendo cuentas
Brasil aparece entre los grandes compradores de diésel estadounidense y también tendría que buscar alternativas si Washington restringe sus exportaciones. La presión llega precisamente cuando el mercado internacional ya enfrenta una oferta apretada.
En Estados Unidos, el precio del diésel alcanzó niveles récord durante septiembre. El escenario internacional se ha complicado por las interrupciones de suministro relacionadas con los conflictos en Medio Oriente y Ucrania, mientras las refinerías operan con poco margen para aumentar considerablemente su producción.
Así que el problema no sería simplemente “Estados Unidos deja de vender y Latinoamérica compra en otro lado”. Si varios países salen al mismo tiempo a buscar los mismos cargamentos, aumenta la competencia y puede subir el precio.
Chile tampoco está fuera del problema
Chile es otro de los países latinoamericanos que dependen fuertemente de las importaciones de diésel. Una reducción de las exportaciones estadounidenses podría obligarlo a competir por cargamentos alternativos en un mercado internacional ya presionado.
Y nuevamente aparece la misma historia: transporte, agricultura, minería y producción necesitan combustible. Cuando el insumo básico se encarece, el costo termina recorriendo toda la cadena económica.
¿Y qué pasa con el mexicano de a pie?
Aquí está la preocupación que realmente importa. Al ciudadano no necesariamente le llega el problema con un letrero que diga “Trump subió el diésel”. Puede aparecer de manera mucho más silenciosa: en el precio del traslado de mercancías, en los alimentos, en materiales para construcción o en los costos de producción del campo.
El Gobierno mexicano ha mantenido medidas para contener el precio interno del combustible y ha señalado que el abasto está garantizado. También se mantiene un esquema para contener el precio del diésel en torno a los 27 pesos por litro. Sin embargo, especialistas consultados por El País han advertido que sustituir rápidamente cientos de miles de barriles diarios de importaciones no sería sencillo.
Y ahí es donde el ciudadano vuelve a hacer la misma pregunta de siempre: ¿qué tan preparado está México para que otro país le cierre la llave de un combustible tan importante?
Por ahora, la prohibición no está formalmente consumada. Incluso dentro del propio Gobierno estadounidense existen diferencias sobre si realmente funcionaría. El secretario de Energía, Chris Wright, se ha manifestado en contra de una prohibición drástica porque, según su planteamiento, podría terminar reduciendo la refinación y presionando al alza otros combustibles.
Pero mientras en Washington hacen cuentas y discuten qué hacer, en México conviene mirar el tanque, el transporte y el precio de la canasta básica. Porque cuando el diésel escasea o se encarece, la factura no se queda en los grandes mercados petroleros: termina recorriendo las carreteras hasta llegar al bolsillo del ciudadano.
